Zoé Valdés: “Siro, esa que habló ahí toda esa inmundicia, contra esa reguetonera, no fui yo.”

Me encontraba yo por España, disfrutando de una merecidísima semana de vacaciones, de las pocas que tiene la Madre Patria, cuando mi Jefe, que no puede vivir sin mí, me llamó por teléfono a casa de mi tía Pastora y me dijo que había una tarea de “última hora” que debía cumplir sin miramientos.

<<Siro, por casualidad conoces a una tal Soez Valdés?>>

<<Sí, Jefe, claro, le contesté. Pero no es Soez Valdés, sino Zoé Valdés. Una de las escritoras…>>

<<Siro, resumiendo que esto me cuesta. Lo que me interesa es saber si la conoces o no. Vive en Francia. Quiero saber si puedes entrevistarla.>>

<<Bien Sure, Jefe, Bien Sure.>>

<<¿Bien al Sur dices? Bueno, si es bien al Sur mejor; te queda más cerca, digo, si aún andas por Barcelona. Agarra, renta un coche, deja ver cómo te consigo la dirección….>>

<<Tengo su teléfono. La llamo y nos ponemos de acuerdo. Seguro estará encantada en verme. Mi tía antes le traía muchas cositas de Francia. Mi tía, Jefe, ¿la recuerda? la misma que trajo todas las cosas de los quince de Mariela Castro desde París.>>

<<Sí, sí, recuerdo… bueno, recuerdo que me has hablado de eso. Tú insistes en esa historia y yo… Olvidemos eso por ahora. Necesito una entrevista con la escritora esa. Soez, Zoé, en fin, con esa misma. Dale. Muévete.>>

Veinte horas después de ese diálogo telefónico, entraba yo por la puerta de un restaurante no muy chic de París, para encontrarme con mi amiga de los años, una de las personas que marcó profundamente una etapa – aunque brevísima, por cierto – de la literatura femenina en Cuba.  Sigue leyendo

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Mariela Castro: “Siro, yo pensé que mi libertad de expresión era ilimitada en Facebook; ya veo que sí, pero solo dentro del territorio nacional.”

Otra vez me hallaba yo en posición horizontal, listo para encontrarme con Morfeo, cuando fuerzas del orden tocaron en la puerta de mi humilde morada. ¡Difícil encomienda esa!; la de orientarme entre la oscuridad. Los estragos del huracán Irma aún son perceptibles en los postes de la luz de mi barrio. ¡Seguimos sin corriente! Así que tuve que, a tientas, porque la vela se me apagó cuando pasé por el pasillo, llegar, abrir y escuchar aquella frase: “Compañero Siro Cuartel, acompáñenos; ¡por favor!”

Diez minutos después, y aún en pantuflas, me encontraba yo frente a Mariela Castro Espín quien me abrazaba, y entre elogios inmerecidos me pidió que la entrevistara. Sigue leyendo

Michelle Capasso: “Mi apellido dice de lo que soy capaz”

Disfrutaba yo de unas cómodas vacaciones en Guajimico, en la bella provincia de Cienfuegos, rodeado de ríos y montañas, cuando mi jefe me llamó desde La Habana y me dijo que debía presentarme urgente en la capital.

Horas después, bien temprano en la mañana, sentado en su oficina, me dijo que aunque “la agencia” no solía recibir órdenes de nadie y trabajar directamente bajo la más absoluta de las libertades, desde “el más arriba” había recibido una orientación.

“<<Harás, Siro, lo que no ha podido hacer ni Juan Manuel Cao, ni Camilo Egaña, ni Juan Juan Almeida, ni nadie: entrevistar a Michelle Capasso.>>”

“<<Seguramente la recuerdas – dijo – fue ella la responsable de la demora tuya en regresar a Cuba hace un tiempo, cuando aquella huelga en el Aeropuerto de Miami. Fuiste tú, con ese verbo providencial que Dios te dio, quien logró que ella recogiera a las masas, y aquella huelga terminase de buenas maneras.>>”

“<<Arriba, Siro, es hora que salgas de ese letargo, embotamiento y sopor en que has caído desde tu ruptura matrimonial. ¡Empínate!>>”

Eran las diez con cuarenta de la noche, y me encontraba yo en lo último de Homestead, tocando a la puerta de quien para muchos es la villana de una historia que yo desconocía, pero que en el camino fui conociendo.

Michelle Capasso: ¡Siro, amigo mío! ¿¡Qué haces aquí!? Pasa, hombre, pasa,… ya me iba a acostar, pero… ¿y esta sorpresa?

Siro Cuartel: Michelle…

MC: Vamos, Siro, que nos conocemos hace poco pero te tengo gran estima. De no ser por ti estuviera yo trabajando en un Latin Café, y no en el Aeropuerto de Miami, entre aviones, como siempre fue mi sueño. Llámame por mi verdadero nombre: Micaela.

SC: Bueno, gracias por la confianza… lo aprecio mucho, pero prefiero decirte como todo el mundo te conoce: Michelle, así mis lectores no se pierden.

MC: Más aprecio yo que hayas llegado a mi casa. No son estos momentos de cosecha.

SC: Me pareció ver varios campos sembrados…

MC: Quiero decir que no son estos momentos especialmente alegres para mí. Aprecio mucho tu venida. Sin dudas, eres oportuno como pocos. Estaba necesitando alguien con quien desahogarme. Ya no sé qué CD poner. Este es un momento difícil, en el cual se prueban las amistades.

SC: Ya he sabido lo que pasó. Vi el vídeo. Este – bien que lo dices – es un momento de unidad.

MC: Este el momento del recuento y de la marcha unida, Siro. Como la plata en las raíces de Los Andes. He sido víctima de una injusticia. A ese vídeo, le falta un pedazo. Le falta el comienzo.

SC: Es verdad, ahí falta algo. Yo lo comencé a ver y me pareció…

MC: ¿El comienzo de una película de Quentin Tarantino, verdad?

SC: Algo así… a ver, aprovéchame, ¿cómo empezó todo?

MC: Bueno, esa mañana yo me levanté bien temprano. Era fin de semana, El Turnpike a esa hora…

SC: No, no, empieza por el momento en que el hombre se te acercó.

MC: Es que quería explicarte que me levanto bien temprano, Siro. Eso es algo fundamental en esta historia. Ah!, y el salario que me pagan. Bajo, muy bajo. Pero… me parece que tienes razón. Iremos directo al grano. El hombre llegó, se me acercó, y yo le pedí los papeles.

SC: Exacto, continúa…

MC: Todo iba bien, pero de pronto, yo noto, así con el rabillo del ojo, que me estaba mirando fijo.

SC: ¿A los ojos?

MC: No, al cuello. Lo miro, y le pregunto: ¿qué pasa, Señor? Y el hombre me recita un poema.

SC: ¿No sería una décima? En Puerto Padre hay buenos decimistas. Renael es amigo mío.

MC: Las décimas se caracterizan por la belleza. Eso fue tan… ¡vulgar! Me dijo:

“Esa mordida que tienes
que te asemeja a Yusnaby
No sé si te llamas Baby
No sé como te mantienes…”

SC: ¿Ehhhhh? ¿Qué es eso?

MC: No, espérate, que siguió:

“Sé que estoy en mi momento
como El Dany y el Yomil
pa arriba te voy a mil
pa Cuba me voy contento.”

SC: ¡Dios del verbo! La verdad que ya cualquiera recita un poema.

MC: Yo pensé que no era conmigo… pero decidí atajar el problema de raíz. Tú sabes que yo a veces me excedo. Que una vez hasta fui capaz de bajar al piloto de un avión.

SC: ¡Ave María! ¿Y qué le dijiste?

MC: Lo amenacé, le dije que se anduviera piano. Chi va sano, va piano, e va lontano. Le dije, pa que supiera que si seguía así, lo bajaba del vuelo.

SC: ¿Y qué te dijo?

MC: “Mami, no seas tan agresiva. ¿Cómo que me vas a bajar un piano?Relájate!” Así me dijo. ¡Qué inculto! Ni italiano sabe.

SC: ¡Madonna!

MC: Vaya… respiré profundo. Me hice la loca, vi que tenía una niña en sus brazos. Y seguí con lo mío. Entonces oigo que me pregunta si un vampiro me había mordido en el cuello.

SC: ¡Que el Señor nos coja confesados! ¿¡Llamaste a la policía!?

MC: No, volví a respirar profundo, pero le hice una mueca a Johnny.

SC: ¿Quién es Johnny?

MC: Uno que trabaja conmigo. El bajador de vuelos. Mi secuaz. Le dije: “Johnny, la gente está muy loca. Manténte cerca, que este hombre anda medio alebrestao”

SC: Ah ya, ya… ya sé quién es. Sí, claro.

MC: … tomé aplomo, seguí con el procedimiento. Y le pedí que me pagara un dinero ahí que tenía que pagarme. Entonces comenzó el rifirrafe, de que si el dinero cash, que si la tarjeta de crédito. Hasta que me ofendió insinuándome que yo quería cogerme el dinero para hacerme una lipo en My Cosmetic Surgery.

SC: ¿Tres cero cinco dos seis cuatro?

MC: ¡ Nueve seis treinta y seis! Bueno, treinta y seis no. ¡Ahí sí que me puse en 3 y 2!

SC: ¿Y se retractó?

MC: ¡Para nada! Me dijo que no me pusiera así, que mucha gente pasaba por la maquinita de My Cosmetic Surgery. Que él personalmente conocía a Rachel Cruz y a Susana Pérez, y que, yo podía quedar tan linda como esta última.

SC: ¡Susana tiene unos ojos tan bellos! ¡Y naturales! Pero…

MC: Pero nada…, yo no necesito arreglarme nada. ¡Ahí mismo me encabroné! Que soy guajira, pero sé diferenciar lo que es una cosa y lo que es otra cosa. Solté los ariques….

SC: ¿Y?

MC: Bueno, ahí fue que empezó el vídeo. El resto, es lo que viste tú, y todo el mundo ha visto. ¡Yo, la peor de todas!

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Roberto Smith (Director del ICAIC): “La gente habla de Joel, el Mago de España; que yo sepa, él hasta ahora no ha podido desaparecer ni un documental”

Caminaba yo ayer domingo por las calles de la Habana, elucubrando una justificación con la cual convencer a mi jefe del porqué no había podido hacer ni una entrevista la semana pasada, cuando una voz conocida llegó a mis oídos mientras esperaba que cambiara la luz del semáforo ahí, justo en 23 y 12.

Era nada más y nada menos que Roberto Smith, el Presidente del ICAIC; mi amigo de tantas batallas ideológicas en la UJC, que luego se convirtieron en pura basura cuando nos enteramos que Landy y Aldana, metían las manos.

Al evocar la gesta – o las gestas, porque fueron varias, y después de eso siguieron metiendo la mano todos los que vinieron detrás – El Robe suspiró y dijo: “Oh, adiós locura de mis veinte años.”

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Luis Alberto García: “Siro… yo, rusos, conozco a Stanislavski, Konchalovsky y a Vladimir Putin; ¿de dónde salió “El Ruso” este?”

A Luis Alberto García lo conozco desde mucho antes que debutara en la televisión. Lo conozco de la época en que no tenía ni $5.00 pesos en el bolsillo,  y todas las semanas me enredaba pidiéndome una peseta,… en la época en que con una peseta se podían hacer muchas cosas.

¡Ha pasado tanto tiempo!

Pero nuestra amistad se mantuvo durante muchos años.

Fui yo, quien le prestó la camisa de mangas largas con la cual hizo la escena final de la película “Clandestinos”, de Fernando Pérez.

Es cierto que después no sirvió para nada más la camisa, ¡ni siquiera recortándole las mangas!, y es cierto también que ello fue motivo para que nos distanciáramos un tiempo, pues él jamás me advirtió que me iba a desgraciar la camisa, pero las amistades de la infancia son tan fuertes, que ni una renta compartida en Miami puede destruirlas.

Por eso no me extrañó que Luisito me llamara ayer, para pedirme que lo entrevistara, luego que su declaración de mambí irredento encontrara respuesta en un médico cubano residente en España, amigo de él de la infancia, que según Luisito, “él no recuerda quién es.”

Unas horas después, a las 4.00 de la mañana, me encontraba yo en su casa, micrófono en mano, para aclarar lo sucedido.

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El Dany: “Siro, si Julita que estaba cansada de viajar, se fue pa Moscú en muletas, no digo yo, si me voy pa Europa.”

Luego de conseguirme un buen par de espejuelos en la Óptica de San Miguel del Padrón, gracias a mi buen amigo Alex Castro, feliz como una lombriz me dirigía a mi casa a abrir mi botellita de vino, sentarme en el balcón y esperar que llegara la noche de este viernes, cuando una llamada con carácter urgente de mi jefe entró en mi celular Nokia 1100.

<<Siro, escucha, ¿ya tú entrevistaste al muchacho este, el tal “El Dany”? ¿Lo conoces?>>

<<No, no lo he entrevistado jefe, pero sí, claro que lo conozco. Él es el que canta con Yomil, y mi tío Panchito, es el que le está arreglando la casa a la abuela de Yomil en Holguín. ¿Por qué? ¿que pasó?>>

<<El hombre se jodió un tobillo, y hay run run que se le jodió también un viaje que tenía previsto para Europa.>>

<<Coño Jefe, ¡qué osogbo! Con el trabajo que les ha costado a esa gente fastear… ¿qué quieres que haga; que lo entreviste?>>

<<Pues claro, averigua a ver si viaja o no viaja.>>

Una hora después, me hallaba yo en casa del Dany, y no en el balcón de mi casa, con mi botella de vino, viendo la puesta del Sol…. Sigue leyendo

Alex Castro: “Siro, yo estaba en Kempinski mirando, curioseando, supervisando… tú sabes que el ojo del amo…”

Tantos años en el periodismo digital “me han comido la vista.” Lo reconozco. Sin espejuelos estoy que no pillo un frijol en una olla de arroz. Yo, que con tanto orgullo le ensartaba la aguja a mi abuela en un solo intento…, pero bien, hay que reconocerlo: la nieve cruel de los años ha minado mi cuerpo.

¡Solo Dios sabe cuánto dolor me causa no poder ver las cosas! Y aquí, que todo te lo ocultan, te lo disfrazan, no te lo informan… si es difícil ver, imagínense sin espejuelos.

Vamos, que es un problema ya de la vida cotidiana en Cuba.

Los otros días fui a la bodega a buscar el picadillo que dieron por el pescado, que a su vez lo dieron por el pollo… pero para qué hacer largo el cuento. Lo que me tocó fue una cucharada; y yo, que llevaba los espejuelos, miré aquello y lo único que se me ocurrió pensar es en que otra vez necesitaba graduarme la vista.

Con esos pensamientos amanecí ayer, y me dirigí a la Óptica del Municipio San Miguel del Padrón. Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme allí, esperando, al mejor fotógrafo que yo haya conocido, después de Chile y Matrascusa: Alex Castro.

Yo, esperaba que no me reconociera – han pasado muchos años desde que jugábamos a las bolas en casa de Juan Juan Almeida – pero no, me vio, y más que darme la mano, me dio un abrazo.

¡Cuánta emoción! Vaya, porque a pesar de mis muchos años dentro del periodismo, jamás tuve la dicha de poder entrevistar a su padre, o que su padre me depositara la mano en el hombro. Así que, que me abrazara el hijo para mi era lo mismo… no miento si digo que quedé como una piedra

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Wilfredo Cancio: “Hugo quería este puesto, pero el universitario soy yo.”

No había yo entrado por la Monumental rumbo al Túnel de la Bahía, luego de mi entrevista a Guillermo, “El Coco”, Fariñas en la ciudad de Santa Clara, cuando mi jefe me llamó al celular para comunicarme que me dirigiera al Aeropuerto, pues tenía que viajar URGENTEMENTE a la ciudad de Miami.

<<¿A Meame, Jefe?,>> le pregunté.

<<Sí, Siro, a Miami, M-I-A-M-I. ¿Traes tu pasaporte encima?>>

<<No, Jefe, le contesté, yo solo llegué a Santa Clara, ¿para qué iba a necesitar el pasaporte? >>

<<Bueno, recógelo, y parte para ese Aeropuerto, que los asientos se sobran. Te mando las instrucciones por SMS.>>

Cuatro horas después, me encontraba yo, sin quitarme el polvo del camino, sentado en el Restaurante Manolo´s, ahí en la 73 y Collins Ave., esperando a mi entrevistado. Nada más y nada menos que mi profe, el que tantos 3 me dio, Wilfredo Cancio Isla.

Tras el efusivo abrazo, porque hacía un siglo que no nos veíamos las caras, y como lo noté un poco agotado, me tomé la libertad de pedirle un café fuerte, pero me lo negó.

<<“No, Siro, no, de Café Fuerte estoy hasta el gollete,>>” me dijo, y me mandó a averiguar si vendían guarapo.

<<Profe, esto no es un Palacio de los Jugos. ¿Un smoothie? ¿Un milk shake?>>

Minutos después comenzó nuestro diálogo.

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Guillermo “Coco” Fariñas: Me confundí de Raúl, Siro… me confundí.”

Apenas salió Raúl Castro ayer en el Noticiero Nacional de la TV Cubana, recibí una llamada urgente de mi jefe.

<<Pa´ Santa Clara, Siro, pa´ Santa Clara. ¡Arranca pa´ la Terminal y agarra un carro. No escatimes, ni esperes que se complete un carro. ¡Alquílalo tú solo!>>

<<¡Entrevista al Coco, antes que se acueste! Parece que se le jodió el Twitter.>>

<<Tenemos que darle voz…>>

Entre esas y otras razones para convencerme, mi jefe logró que tres horas y media después, me hallase yo frente al Monumento al Tren Blindado esperando a Guillermo “Coco” Fariñas, sin bañarme y sin comer, pero consciente de la misión que me habían encomendado; y esperando, claro, que “El Coco” otra vez me invitase a comer a una paladar, como en la ocasión anterior en que cenamos en “La Guarida”.

Sin embargo, y dada la hora, 12 de la noche, no pudimos cenar en ninguna paladar – ya todas estaban cerradas – y terminamos en el único lugar que estaba abierto a esa hora: en el Cabaret “El Mejunje.” Sigue leyendo

Guillermo Carmona: “Dirigir Industriales lleva recursos, y yo, ahora mismo, no tengo gasolina ni pa mi rikimbili”

En estos días de maresma por la batuta industrialista con vistas a la venidera Serie Nacional, lo menos que pensaba yo era encontrarme en plena Calzada de Luyanó con mi amigo de viejas batallas Guillermo Carmona; el hombre que estuvo a punto de dirigir Industriales hasta que Víctor Mesa se le atravesó en el camino.

Molesto, más bien diría yo, molestísimo no solo por el Sol que le estaba dando, sino porque dice “lo engañaron como a un niño chiquito“, me dedicó una sonrisa apenas me vio, e ipso facto me invitó a conversar.

Vamos Siro, charlemos como en los viejos tiempos,” me dijo algo contrariado.

Mientras sacaba mi grabadora de la mochila, se me ocurrió introducir el tema de la conversación directamente: la destronada que le dieron, y él, sin pelos en la lengua y con esa honestidad que lo caracteriza, afirmó:

Siro, esto es peor que te quiten la leche a los 7 años.

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